DECLARACIÓN DE LOS OBISPOS CATÓLICOS DE CALIFORNIA
SOBRE LA INMIGRACIÓN
25 de noviembre de 2007
Cada uno de nosotros desea y necesita pertenecer—a una familia, a
una comunidad, o a un país. Como
católicos, tenemos el privilegio de pertenecer al cuerpo de Cristo—su
Iglesia. Las enseñanzas de la Iglesia
católica, que tienen sus orígenes en las escrituras y en la rica Tradición que
data más de 2.000 años, nos llevan a entender que el amarnos y ayudarnos los
unos a los otros (a nuestra familia y a nuestro prójimo), es una condición para
pertenecer al Cuerpo de Cristo. Nuestro
Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, en su reciente encíclica, Deus Caritas Est, basándose en la
parábola de Jesús sobre el Buen Samaritano nos recuerda lo siguiente:
“Cualquiera que tenga
necesidad de mí y que yo pueda ayudar es mi prójimo…el amor del prójimo es un
camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos ante el prójimo nos
convierte también en ciegos ante Dios”.
Al reflexionar sobre
las enseñanzas de la Iglesia en torno a la ayuda que debemos brindar a nuestro
prójimo, al igual que en los motivos del “problema de la inmigración” actual,
hacemos las siguientes observaciones:
En
nuestra experiencia, la gran mayoría de los inmigrantes indocumentados en
América, no son delincuentes: Ellos emigran para poder buscar un trabajo que
les proporcione sostenimiento para ellos y sus familias. Ellos trabajan en las industrias que son
importantes para California y para la nación—como lo son la agricultura, los
servicios y la construcción. Nuestro
sistema de inmigración actual es anticuado ya que no contiene suficientes visas
de trabajo para que los trabajadores migrantes ingresen al país de manera
segura, legal y ordenada.
Como
obispos católicos, reconocemos que nuestro país tiene el derecho y la necesidad
de mantener nuestras fronteras y hacer cumplir nuestras leyes. Sin embargo, advertimos que al hacerlo,
nuestro gobierno deberá respetar los
derechos y la dignidad de los seres humanos, así como minimizar la separación
de las familias. Consistentemente
hemos sostenido que el reestructurar las políticas para abocar todos los aspectos de la inmigración es
la manera correcta de salvaguardar nuestro país, hacer que nuestras comunidades
sean seguras, y resolver efectivamente el problema de la inmigración no
autorizada a nuestro país.
Sugerimos
los siguientes elementos que deben considerarse al reestructurar las políticas
migratorias:
§
Visas temporales fácilmente disponibles
para los que quieran trabajar;
§
Mejorar la seguridad de la frontera y
una capacitación superior para los guardias fronterizos
§
Normas justas y equitativas y plazos de
tiempo razonables para procesar las solicitudes de los que buscan convertirse
en residentes permanentes legales;
§
Normas compasivas y plazos de tiempo
razonables para la reunificación de las familias para los extranjeros que sean
residentes legales y los ciudadanos naturalizados;
§
Requisitos razonables para que los
residentes legales se conviertan en ciudadanos;
§
Que se reconozca el impacto de la
globalización y del libre comercio en las pautas migratorias.
Se
calcula que hay millones de personas que viven en los Estados Unidos sin la
documentación adecuada – muchos viven temiendo ser deportados o lamentando la
deportación de sus familiares. Es
importante reconocer que la economía de California se debilitaría –si es que no
se daña severamente—con la deportación de los trabajadores indocumentados. En nuestra opinión, ellos deberían tener la
oportunidad de ajustar su estatus legal y ganarse el derecho a permanecer en el
país de manera permanente y legal. No
podemos beneficiarnos de los frutos de su trabajo, por una parte, y por otra
relegarles a una clase marginada.
Entendemos
que muchos californianos están preocupados por la presencia de un gran número de
inmigrantes indocumentados en nuestro Estado.
Reconocemos y compartimos su inquietud.
La inmigración ilegal no conviene a la sociedad ni al inmigrante. No obstante, suplicamos a los
católicos—y a todos los
californianos—que rechacen los ataques contra estos inmigrantes y que trabajen
constructivamente para llegar a una resolución humanitaria del problema de la
inmigración ilegal.
Como
católicos, nuestro Santo Padre nos manda amar a nuestro prójimo para tener un
encuentro con Dios. Como personas de buena
voluntad, le rogamos al Congreso que vuelva inmediatamente a considerar
reestructurar las políticas de la inmigración.
Y como Obispos, hacemos un llamado a los católicos y a todas las
personas de buena voluntad—recordando la historia de nuestra nación—a tratarse
unos a otros con dignidad y respeto y a trabajar conjuntamente de manera
constructiva para asegurar un resultado positivo a este debate nacional
vital. Mantenemos en oración a todas
las partes interesadas.