DANDOLE
LA BIENVENIDA A CRISTO EN EL INMIGRANTE
MENSAJE PASTORAL
DEL OBISPO
Abril 2007
Si nosotros buscamos seguir el camino de Cristo,
entonces debemos tener cuidado de no caer ciegamente en el arrebato de muchos
en nuestra sociedad, quienes condenan como criminales a aquellos inmigrantes
que están ilegalmente en este país, hablando de ellos como si no tuvieran
derechos humanos o dignidad. Nuestro
sistema de inmigración es impráctico e injusto, especialmente cuando las
redadas de inmigración se llevan a estos arduos trabajadores de sus centros de
trabajo; madres y padres respetuosos de las leyes quienes dejan abandonados a
sus hijos sin que nadie cuide de ellos.
Esto ha estado sucediendo aquí en nuestro propio valle.
Nuestra tradición católica nos enseña tres
principios básicos sobre inmigración: Primero, las personas tienen derecho a
emigrar para sostener sus vidas y las de su familia. Segundo, un país tiene el derecho de regular sus fronteras y de
controlar la migración. Y tercero, un
país debe regular la migración con justicia y misericordia. Este tercer principio pondría como prioridad
la reunificación de las familias, y no la separación.
La carencia de un adecuado status legal no debería
privar a las personas de sus derechos otorgado por Dios para ser tratados
humanamente y con justicia. En medio
del diálogo en nuestro país, nosotros quienes somos los primeros que buscamos
seguir la ley de Dios antes que las leyes humanas, la cual podría o no podría
ser justa; debemos recordar siempre la ley de Cristo, un mandamiento que Cristo
nos ha dado: Amarnos los unos a los otros de la manera como El nos ha amado.
Algunos, aún aquellos que orgullosamente se hacen
llamar cristianos, parece que creen que este mandamiento de Cristo no es
aplicable a las cuantiosas personas que no tienen un status legal en el país,
aún cuando éstos trabajan, pagan sus impuestos y crían a sus familias, lo cual
es cierto para muchas personas quienes están aquí sin un status legal.
Nuestro Señor Jesús no puso excepciones a su mandamiento
de amar, como tampoco hizo excepciones por aquellos por quienes El murió en la
cruz. Nuestro Señor nos dijo claramente
que todos seremos juzgados de la forma cómo tratamos a los más necesitados. “Porque tuve hambre y ustedes me dieron de
comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber.
Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa.” Y las personas en el juicio final dijeron:
“Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero, y no te
ayudamos?” Y nuestro Señor puede
responder algún día a nuestra sociedad: “Cuando estuve en tu país tratando de
ganarme la vida y la de mi familia.”
El miedo al terrorismo y de nuestros cuantiosos
problemas sociales no nos excusa de seguir el mandamiento de amar, el cual, con
fe en Cristo es nuestro camino a la vida eterna, amándolo a El en el pobre y el
necesitado, sin tener en cuenta el status inmigrante de uno. Mientras que tomamos parte en el diálogo de
inmigración, debemos recordar que así como no hay excepciones del amor de Dios
en la Cruz, no hay excepciones para nosotros en nuestra relación con el
mandamiento de amar. ¡Que Dios les
bendiga mucho a todos ustedes!