Justicia para los Inmigrantes

 

Mensaje Pastoral

John T. Steinbock, Obispo de la Diócesis de Fresno

Febrero 2006

 

Mi querido pueblo de Dios,

Es difícil de creer que los Legisladores en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos hayan podido pasar una propuesta de ley en el mes de diciembre de 2005, la cual no sólo es moralmente injusta ni totalmente práctica para resolver el problema de la inmigración  en nuestro país, sino que también acusa a cualquier persona que ayude a una persona  indocumentada.  La propuesta de ley está en contra de la responsabilidad y obligación fundamental cristiana la cual es “dar de comer al hambriento y dar de beber al sediento,” lo que es esencial para vivir una vida cristiana auténtica que nos exige Cristo para alcanzar una vida eterna.

Hay resoluciones dentro de la propuesta de ley que no sólo falta a la moral, pero que están en contra de nuestra forma de vida las cuales conducirían a nuestro país hacia un gobierno fascista.  Al declarar también que cualquier persona indocumentada se convierta en un delincuente criminal, simplemente por ser indocumentado; no solamente está en contra de los derechos humanos pero conduciría también a los 10 u 11 millones de indocumentados que viven entre nosotros a ocultarse aún más profundo en nuestra sociedad y causaría graves problemas de salud para todos en nuestra comunidad, aumentado tremendamente la dificultad de hacer cumplir la ley por parte del departamento de policía.  Necesitamos  una ley de inmigración comprensiva; no una ley con ideas que no han sido bien debatidas, injusta y mal intencionada que los legisladores optan porque les favorece políticamente, mientras causa serios daños a nuestro país.  Gracias a Dios que muchos de los representantes del nuestro Valle Central han votado en contra de esta propuesta de ley.

Por la razón que muchos en nuestro país están usando al indocumentado como chivo expiatorio para culparlos de nuestros problemas sociales, usando tácticas de miedo para combatir el terrorismo para aterrorizar al indocumentado, los Obispos de los Estados Unidos, en el mes de mayo del año pasado, hicieron un llamado para crear una campaña titulada “Justicia para los Inmigrantes.”  Posteriormente se informará más acerca de esta campaña.  Dos de las principales metas de esta campaña son para educar a los católicos y a personas de buena fe, acerca de los beneficios que los inmigrantes ofrecen, a través de su trabajo, a nuestro país y para abogar por leyes de inmigración más justas que promuevan un estado legal y vías legales para los trabajadores emigrantes y sus familias.

Debemos proteger mejor nuestras fronteras, pero la mejor forma de hacerlo es a través de una ley comprensiva de legalización que daría un mejor acceso para aquellos que vienen a este país con la intención de trabajar,  permitiendo que se reúnan con sus familias después de un tiempo razonable.  Esto de por sí detendría el flujo de ingreso de muchos ilegales a nuestro país.  Nuestras leyes de inmigración son totalmente ineficaces y totalmente opuestas a la realidad de los diez u once millones de indocumentados que viven y trabajan en nuestro país, y a la realidad de que nuestro país necesita de estos trabajadores para el bienestar de nuestra economía.  Las leyes necesitan ser cambiadas, pero deberían ser cambiadas respetando la dignidad y los derechos humanos de aquellos que vienen a este país con la intención de mejorar sus vidas y la de sus familias.

Una actitud que necesita ser presentada en nuestros debates públicos relacionado con las reformas de legalización y protección de nuestras fronteras, especialmente por aquellos quienes se llaman así mismos “cristianos,” está relucida en la oración dada al mundo por nuestro Santo Padre en enero de 2006: “Oren para que los inmigrantes sean reconocidos como personas creadas a la imagen y semejanza de Dios y sean bienvenidos con respeto y caridad.”  Muchos de los indocumentados que viven en este país son trabajadores honestos quienes contribuyen en forma considerable a nuestra economía.  En este debate público deberíamos ser guiados por las palabras de Jesucristo, según el Evangelio de San Mateo: “En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos hermanos, me lo hicieron a mí.”  ¡Que Dios los bendiga mucho a cada uno de ustedes y a sus familias!